martes, 1 de octubre de 2013

La vida no enseña, enseñan las personas.

Por costumbre, siempre escribo cuándo me inspira alguien importante. Pero a veces, el simple hecho de ver un gesto bonito por la calle me hace tener ganas de coger un papel y un bolígrafo para escribir las primeras palabras que se me han pasado por la cabeza para luego reconstruirlas. Es verdad que suelo hablar siempre sobre el amor o sobre injusticias, pero muchas veces se nos olvida que hay cosas tan grandes cómo el saber que alguien te quiere de verdad con una certeza enorme y ese es el amor de tu familia. Y creía que me iba a librar de hablar del amor, él siempre presente...


No sé si es bueno cuándo escribo. Porque a veces me sirve cómo una vía para expresar mi euforia, pero otras, busco que me llene. Y creo que esta es una de estas veces que escribes cómo vía de escape. Porque sabes que un papel y un bolígrafo no te van a juzgar, que te van a entender. Que saben hasta tu último miedo, tu último pensamiento del día y hasta tu más absurda fantasía erótica. 

El motivo por el que hoy quería escribir es para hablar de dos pilares que hay en mi vida y que quizás sin ellos yo no sería quién soy. Sé que esa frase, se usa para todo. Pero yo a mis frases las cuido, no miento en cuánto a sentimientos. Son dos personas que me han cambiado, me han guiado.

Ellos son mis abuelos. No sabéis lo que es tener un día de perros y aparecer por la puerta de su casa y que mi abuelo empiece a decirme todos los elogios existentes y por existir y ver cómo a mi abuela se le cambia la cara y le brilla la sonrisa.

Qué decir de tantos consejos que guardo con tanto cariño en mi alma, tantos de ellos que me han hecho levantarme y que me aplico diariamente.
Que si alguien me hacía daño, mi abuela decía que se lo comía con patatas. Que si alguien pensaba que yo era fea, era un ciego. Que si alguien no me quería, era porque no me conocía. Que para ella siempre he sido una pequeña, pero muy madura. 

Qué decir de que alguien de otra época me hiciese aceptarme a mi misma tal y como fuese. Tantas veces me ha dicho que NADA importa tanto cómo mi felicidad.  Ella es esa persona que me ha guardado tantas travesuras de pequeña y otras tantas de adolescente. Me ha guardado dolor, me ha guardado momentos. Me ha curado heridas, desde las rozaduras en mi rodilla cuándo aún era una cría hasta algunas interiores. Que yo daría la vida por ella y por mi abuelo porque me han hecho ser quién soy y que si me olvido de mis fuerzas o me siento perdida, siempre tengo sus abrazos y sus palabras bonitas. Que no sé hasta que punto me perderé el día que no estén, pero sólo sé que cada vez que sonríen o me cuentan lo felices que son al verme son imágenes que capturo en mi mente y las guardo en el mismo sitio dónde están sus consejos. 

No hay nada más grande que ellos.



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