domingo, 3 de noviembre de 2013

Te culpas de lo que otras personas hicieron de tí.

El tiempo pasa y te da la razón.

Cuándo aún no conoces el amor, tampoco conoces sus efectos secundarios. 
Nadie se vuelve desconfiado o cerrado porque sí. 
Cuándo empiezas a conocer a gente y crees enamorarte de una cara o un cuerpo bonito no cambias, no te cambian porque no tienen acceso a tí. Nadie a quién yo no quiera puede hacerme daño. Y así pasas años, pensando que te has enamorado de todas las personas con las que te has cruzado y han luchado por tí. Pero sabes que alguien llegará y que te hará ver que ninguna persona de tu pasado ha significado nada más allá que una experiencia sin más. El amor entonces te romperá la mandíbula en cien mil mariposas. Empezarás a sentir que estas en un sitio dónde nunca antes habías estado y empezarás a querer. Querer a alguien es hacerse suyo. Ya no eres inmune al daño, pero eso la primera vez que pasa, tú no lo sabrás. 
Te tirarás a la piscina, darás todo y más aunque no recibas realmente nada. Confiarás en la otra persona ciegamente y le dedicarás todas esas palabras que deseabas casi gritárselas a alguien sin mayor remordimiento.
Pero nadie te avisa que debes ser más precavido. Que la gente no es cómo piensas, ni es cómo tú. Que un día te pueden querer cómo a nada, y al día siguiente eres un don nadie.

Y luego pasará el tiempo y te culparás de tus miedos, de tu desconfianza y de que te cueste sacar todo lo que llevas dentro. Y no entiendes que te estás culpando de lo que otras personas hicieron de tí.

Que a algunas personas nos obligan a crearnos un muro,
y sólo esperamos a quién derribe nuestro Berlín.

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